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Las 50 primeras páginas

24 jun , 2015,
Manuel Peiteado
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Demos un paso hacia adelante

La cultura debería ser patrimonio de todos. Siempre pensé que comprar un libro y dejarlo arrinconado en una estantería después de leer las primeras páginas, era un riesgo innecesario que a veces no nos atrevemos a correr por un simple tema económico. Voy a dar un paso al frente y voy a publicar las cincuenta primeras páginas de mi libro EL LIBRERO DE TOLEDO en cinco entregas.

Capítulo 1

Sobre mi infancia

“Todo hombre tiene derecho a ser feliz”

Aristóteles

Nací fuerte y sano, la naturaleza me había dotado de un buen físico que cultivé desde mi infancia haciendo deportes. Debido a mi carácter tímido solo practiqué aquellos que no requerían esfuerzo colectivo; así  me ejercité en natación y atletismo. Los que me conocían pensaban y decían que  podía haber destacado en cualquier disciplina que hubiera elegido. Yo siempre les decía que no entendía qué interés puede despertar en una persona el correr detrás de un balón y darle patadas a este y al rival.

Hijo de un italiano que vino a España a luchar en la guerra civil y que, una vez acabada la contienda nacional, se quedó a vivir en Toledo, donde conoció a una bella mujer, de humilde cuna: mi madre.

Era mi madre natural de Toledo y de nombre María de la Vega, en memoria del Cristo ante el cual se casaron mis abuelos. Se crió en tierras de labor, pues mi abuelo era capataz de un cigarral. Nunca tuvo oportunidad de ir a la escuela, por lo que podríamos considerar que era casi analfabeta: a lo más que llegaba era a leer y a medio juntar letras para escribir.

Mi padre era un hombre raro, oscuro, al menos así lo recuerdo. Se alistó voluntario al cuerpo de camisas negras de Mussolini, de lo cual le gustaba presumir; bueno, de eso y de sus amistades con hombres fuertes del régimen franquista. Una herida de metralla en la cabeza, durante el asalto al Alcázar, le impidió incorporarse a lo que él llamaba la “gloriosa” División Azul. Aquello cambió su vida, pues no había nada en la tierra que más placer le hubiera dado que participar en la Segunda Guerra Mundial y, sobre todo, en el frente ruso. Para él fue una pesada carga, que le hacía sentirse inferior y que pagaba con su mujer.

Recuerdo cómo el alcohol hacía de mi padre un hombre cada vez más violento; cualquier excusa era buena para pegar a mi madre. Era esta mujer fuerte, muy guapa  y muy valiente, pero no podía separarse del hombre que constantemente la vejaba y en la que limpiaba sus frustraciones con fuertes palizas; su pasado en la guerra, en el bando vencedor, le otorgaba un estatus diferente a los demás; era como una patente de corso para hacer cosas sin ser juzgado.

Las leyes del Nuevo Orden imperante en España, de corte nacional católico, eran una de las señas de identidad ideológica del franquismo, impedían el divorcio. Los acuerdos con la Santa Sede conferían una posición relegada a la mujer y supeditada al hombre; por tanto hacía inviable la separación, así que, la pobre aguantaba aquellas situaciones y pedía a Dios que nunca maltratara a su pequeño Doménico. Recuerdo acompañarla a la comisaría para denunciar una agresión brutal, una más de tantas, y lo único que consiguió fue salir humillada. Al cruzar la puerta me juró que si alguna vez me tocaba le mataría, le abriría en canal como a un cerdo.

Fueron tiempos difíciles para los que perdieron;  tiempos duros en donde casi todo estaba prohibido: la gente se reunía clandestinamente para hablar —no más de tres personas juntas al mismo tiempo era lo legal—, para tocar instrumentos de música, oír canciones o leer libros que llegaban, principalmente, de Francia. Desde allí, radio Pirenaica o radio París —que fueron las principales emisoras— informaban a todos los españoles emitiendo todos los días, salvo causas de fuerza mayor, por las noches entre las 23 y 24 horas. Los domingos se obligaba a la gente a ir a misa, en la que se debía guardar un silencio absoluto. Nunca entendí por qué mi padre nos obligaba a ir todos los domingos y por qué siempre besaba las manos de los curas. Luego en casa, solos, los insultaba y les llamaba de todo. Pero aun así me gustaba ir a misa. Mi madre me ponía mis zapatos de la marca Gorila y mis pantalones “Santa Clara” —en eso me parecía a los niños ricos—. Una vez de vuelta, a quitármelos, para que no se estropearan, y a revisar los algodones de la punta de los zapatos, que al estarme grandes, siempre les  ponía.

Yo era muy pequeño, pero aún recuerdo cómo antes de entrar al colegio, en formación militar y el brazo en alto, cantábamos canciones de los ganadores.

Mi padre andaba trapicheando con cosas de poco alcance y casi todo el dinero se lo gastaba en vino. Raras ocasiones hubo en las que  entregara dinero a mi madre. Nunca contaba a dónde iba, cuando ella le preguntaba respondía con un seco:

—¡Mujer! Métete en tus asuntos y no preguntes por preguntar si no quieres conocer la respuesta; pues sabes que voy a por dinero para manteneros.

Ella sabía, por lo que le contaba un vecino que era policía municipal, que marchaba con otros a hacer la ruta portuguesa atravesando los pasos de Talavera y Badajoz sin problemas. Algunas veces lo hacían en coche y otras vía Madrid. Una noche ya acostados, me despertaron unos fuertes golpes en la puerta y escuché unas voces que me dieron mucho miedo. Venían buscando a mi padre, gritaban:

—¡¡¡Eh!!! Italiano, sabemos que estás en casa,  levántate y ábrenos.

Vino mi madre corriendo a por mí, para llevarme a su cama. Aún me dio tiempo ver cómo mi padre se medio vestía y sacaba algo de un cajón, guardándolo en la parte de atrás de los pantalones. Me escondí debajo de las sábanas y sentí como latía mi corazón, mientras mi mamá  me susurraba al oído que no hablara, que no pasaba nada. Pero notaba en su voz el miedo.

Antes de abrir, mi padre les preguntó que quiénes eran y gritó que pararan de dar golpes; oí como ellos decían:

—¿Eres tú, Salvatore, el italiano?

—Sí, soy yo.

—Pues abre de una vez, coño, que hace mucho frío aquí fuera.

Debió abrirles, pues los golpes y gritos cesaron. Saqué muy despacio la cabeza del interior de las sábanas y vi, por la rendija de la puerta de la habitación, a dos hombres con sombrero y abrigos largos. Creo que jamás podré olvidar sus caras, sobre todo la de uno de ellos que llevaba un gran bigote negro y no más pequeñas las cejas; el otro era delgado, nariz aguileña y grandes patillas. No oía bien lo que decían; estuvieron hablando un rato, a veces se enfadaban y volvían a gritar; mi padre también les gritaba.

—Pues ya lo sabes, quedas advertido. ¡Tú! dedícate a lo tuyo y a colaborar.

Entonces escuché a mi padre muy enfadado decirles.

—¿Me estáis amenazando?, ¿acaso no sabéis quién soy? ¡Yo os ayudé a ganar vuestra guerra!

—No te amenazamos, Salvatore, ellos quieren que no pienses,  no se te paga por ello.

Mi padre comenzó a jurar en italiano mientras cerraba de un fuerte portazo.

Nunca se habló en casa, al menos delante de mí, de lo que aconteció aquella noche. Y yo tampoco pregunté nada. Sería otro gran secreto.

Desde ese día mi padre estuvo más inquieto. Antes le gustaba cantar canciones de ópera —de ahí mi afición musical—. Lo hacía mientras se afeitaba con su gran navaja, mirándome y sonriendo. No siempre era tan malo y al menos conmigo nunca lo fue. Jamás me pegó, pero eso no fue suficiente para que lo perdonara por el maltrato que infligía a mi madre.

Ella me dedicó su vida. Trabajaba sin descanso, limpiando en casa de unos militares y por su buen hacer, estos le procuraban uniformes para arreglar, era una buena costurera. Se llevaba la ropa a casa y allí, sin luz ni calefacción, quemándose los ojos, conseguía algún dinero que tenía que esconder para que mi padre no lo requisara.

Gracias a la mediación de la señora Socorro, su marido el comandante Figueroa consiguió colocar a mi madre en la Fábrica de Armas. Eran los dos, el comandante y su mujer, buenas personas, no tenían hijos y siempre me decían que estudiara, que era un chico esponja y que él me llevaría a la academia militar cuando fuera mayor.

Vivíamos en una casa pequeña situada en la Vega Baja de Toledo, cerca de la Fábrica de Armas; desde la cocina se veían las ruinas del viejo Circo Romano. Cada mañana al levantarme, mientras desayunaba, oía los pajarillos que cantaban y revoloteaban entre las ramas de los árboles que se erguían tras los arcos del monumental circo.
Cerca de mi casa nacía un camino empinado que llevaba al Casco Antiguo y que, a diario, tenía que recorrer hiciera frío o calor, lluvia o sol para ir a la escuela.

La zona era tranquila, pocos coches y pocos vecinos. Los niños vivíamos en la calle y esta paz solo era perturbada los domingos por  algún grupo de extranjeros,  que en manada visitaban las tiendas del acero toledano. Estos despertaban nuestro interés y los acosábamos para conseguir algunas pesetas.

En casa, la vida la hacíamos en la cocina alrededor de una estufa de carbón o abrigados al cobijo de una mesa vestida con faldillas y  un brasero de picón ([1]). Un día, al salir del colegio, decidí no quedarme con los amigos, pues tenía que hacerle unos recados a mi madre; aquello salvó su vida y la mía. Cuando entré en casa estaba  tumbada en el suelo: temí lo peor. Por instinto, comencé a abrir las ventanas y a agitar su cuerpo; por suerte aún estaba viva y después de momentos de gran angustia me miró y comenzó a vomitar.

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Si has llegado hasta aquí es porque te has sentido a gusto leyendo las aventuras del joven Doménico. Esto que he puesto a tu disposición es una auto publicación por tanto de difícil difusión en librerías. Si deseas la novela completa podrás conseguirla rellenando el formulario en la página principal o continuar leyendo hasta la próxima entrega.

[1] Es el picón un carbón vegetal muy usado en aquella época. Su combustión, al ser lenta, si es incompleta genera una cierta cantidad de CO2 y de monóxido de carbono, gas muy tóxico, silencioso y asesino que puede producir la muerte al que lo respire en elevadas concentraciones.

[2] Dícese en Roa (Burgos) de la abertura realizada en el pantalón con objeto de no tener que bajárselo para hacer las necesidades fisiológicas de cada uno